De los francotiradores de fin de semana a los miradores sobre Gaza: cómo los ricos con conciencia muerta convirtieron la guerra en un espectáculo de primera fila.

Un ejercicio brutal de honestidad
Hagamos un ejercicio brutal de honestidad: Europa no se escandaliza porque haya muertos. Se escandaliza cuando alguien se atreve a recordarle quién apretó el gatillo, quién pagó la bala y quién miró desde el balcón.
La investigación abierta por la fiscalía de Milán sobre los “safaris humanos” en Sarajevo no revela solo un crimen. Revela una mentalidad. Una clase social. Una época que preferimos fingir que fue un mal sueño.
El safari humano: millonarios a la caza de civiles
Hombres ricos, europeos, educados, bien vestidos, tomaban un vuelo desde Italia hacia la guerra de Bosnia para hacer turismo de exterminio.
Pagaban entre 80.000 y 100.000 euros por un fin de semana como francotiradores de alquiler. Por disparar a un niño, se pagaba más. La infancia como trofeo premium de la cacería.
Y no eran solo italianos. Las denuncias y los testimonios hablan de ricos de varios países occidentales: italianos, sí, pero también estadounidenses, canadienses, rusos, gente con pasaporte “respetable” y el alma podrida.
Algunos ligados a la extrema derecha, otros camuflados como simples aficionados a las armas. Todos compartiendo el mismo lujo indecente: viajar a una ciudad sitiada para matar civiles por deporte.

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No eran monstruos salidos de una película. Eran empresarios, propietarios de clínicas, profesionales, ciudadanos intachables en su ficha social.
Volvían el lunes a su oficina, a sus rutinas diarias, a sus cenas familiares. Nadie notaba que, hacía 48 horas, se habían recostado cómodamente sobre un fusil para ver cómo una persona caía en mitad de una avenida. Eso no es una anécdota. Es un espejo.
Sarajevo sitiada: la avenida donde la gente se convirtió en blanco
Sarajevo, entre 1992 y 1996, fue una ciudad sitiada por las milicias serbobosnias. La supuesta “defensa de la Europa cristiana” justificó bombardeos, limpiezas étnicas, campos de concentración.
Es el mismo argumento que hemos escuchado una y otra vez: ellos son el peligro, nosotros somos la civilización.
En ese contexto, la Avenida de los Francotiradores se convirtió en un corredor de muerte. Desde las colinas, los tiradores disparaban contra civiles indefensos: gente que iba por agua, por pan, por un poco de normalidad.

La acusación ahora es precisa: a esos francotiradores locales se les unieron cazadores de lujo. Italianos acomodados, simpatizantes de grupos ultraderechistas, y también extranjeros adinerados —entre ellos estadounidenses— que viajaban a la ciudad sitiada para matar seres humanos como quien paga por cazar jabalíes.
No iban a “ver la guerra”. Iban a participar en ella como si fuera una experiencia extrema de fin de semana. Una aventura para coleccionar historias que jamás contarían en público.
La frase “motivos abyectos”, que aparece en el expediente, es un eufemismo. Lo que había ahí era algo más simple: placer.
Leyenda urbana, archivos cerrados y el arte de mirar hacia otro lado
Treinta años después, Europa y Occidente vuelven a fingir sorpresa. Se horrorizan ante la palabra “safari humano” como si no supieran que la guerra en su propio continente fue, durante años, un circo en el que demasiados actores hicieron negocio.
La investigación italiana existe porque las autoridades bosnias, en un país todavía roto y dividido, archivaron el caso.
La justicia serbia lo calificó como “leyenda urbana”. Los que mataron desaparecieron de la escena pública, quedaron fuera del foco, fuera de pantalla, sin ser señalados ni juzgados. Los que miraron, también.
Del otro lado del Atlántico, alguna voz aislada se atreve a preguntar cuántos ricos oligarcas de distintas nacionalidades jugaron a ser dios en Sarajevo, confiados en que su crimen quedaría impune.
El sistema responde con lo de siempre: prudencia, burocracia, silencio. Cuando el acusado puede tener traje, bandera y donaciones de campaña, la verdad estorba.
No es solo un problema jurídico. Es un guion político: si basta con llamar “leyenda” a la barbarie, nadie será responsable.
Del safari de Sarajevo al turismo de guerra sobre Gaza
Y ahora, miremos a Gaza. Mientras organismos y expertos internacionales discuten la palabra “genocidio”, mientras se cuentan miles de muertos y barrios borrados del mapa, en las colinas cercanas y en los puntos elevados del sur de Israel algunas personas se reúnen para ver la guerra.
Les llaman tours, miradores, experiencias. Hay agencias que venden la “vista” de la Franja como si fuera un paisaje exótico. La gente llega con binoculares, teléfonos, bebidas. Miran cómo caen las bombas, señalan, comentan.

No disparan. Pero comparten algo fundamental con aquellos millonarios de Sarajevo: no ven personas. Ven espectáculo.
Patrones de una misma enfermedad moral
Aquí es donde la moral europea y occidental se desploma. Ayer, bosnios musulmanes descritos como amenaza a la civilización cristiana. Hoy, palestinos descritos como amenaza existencial a un Estado.
En ambos casos, se construye un enemigo absoluto al que se le niega rostro, historia, nombre. Es la receta clásica para cualquier matadero: antes de matar, hay que convertir al otro en objeto. Después, el resto es logística.
En Bosnia, eso derivó en campos de concentración, violaciones masivas, ejecuciones sumarias. En Gaza, se traduce en bombardeos sobre zonas densamente pobladas, cortes de agua, hambre, un castigo colectivo que no se atreve a decir su nombre. Y en los márgenes, siempre, espectadores.
En las colinas de Sarajevo, los francotiradores de fin de semana, europeos y occidentales con la billetera llena y la moral vacía. En los alrededores de Gaza, los turistas de la guerra, cómodamente protegidos mientras miran cómo se derrumba una ciudad.
No se trata de comparar sufrimientos. Se trata de señalar patrones. Cuando la muerte se convierte en un paquete de viaje, la sociedad que lo permite está enferma. Cuando matar a un niño se tarifa aparte, esa sociedad ha cruzado una línea de la que es difícil volver.
Cuando ver caer bombas se vuelve experiencia compartida, fotos y videos, esa sociedad ha decidido que la empatía es prescindible.

Los responsables no son solo los que jalan el gatillo o aprietan el botón del misil. También lo son quienes organizan, financian, encubren, banalizan, relativizan, cambian de canal.
Los estados que miraron hacia otro lado en Sarajevo y que hoy se retuercen para no llamar genocidio a Gaza forman parte del mismo ecosistema moral.
El negocio de la guerra necesita silencio, dudas, tecnicismos legales, distracciones mediáticas. Necesita, sobre todo, espectadores dóciles.
La pregunta que nos deja sin excusas
Hay una pregunta que ni Sarajevo ni Gaza pueden dejar de hacernos:
¿Hasta dónde estamos dispuestos a aceptar la crueldad cuando el que sufre no se parece a nosotros?
Porque es fácil indignarse con las fotos viejas, en blanco y negro, de la guerra de Bosnia. Lo cómodo es decir: “Qué barbaridad, qué horror, qué salvajes”.
Lo difícil es mirar la pantalla hoy, ver un barrio de Gaza reduciéndose a polvo en directo y entender que estamos, otra vez, ante un safari humano: unos matan, otros miran, otros callan.
El lenguaje higiénico —“daños colaterales”, “objetivos legítimos”, “operación de seguridad”— sirve para lo de siempre: asegurar que los clientes del safari de la muerte jamás se sientan culpables.
Ayer llevaban traje caro y rifle. Hoy visten ropa casual y sostienen un teléfono.
La investigación de Milán puede terminar en condenas, o en nada. Puede encontrar diez nombres, o ninguno.
Pero ya hizo algo importante: nos recordó que, en el corazón de Europa y bajo el paraguas de Occidente, hubo gente que pagó por matar civiles por diversión.
Y que esos civiles incluían niños, por los que se pagaba más.

Ahora falta el paso que siempre duele: reconocer que ese impulso no pertenece solo al pasado, ni solo a los Balcanes. Se manifiesta cada vez que una sociedad permite que la guerra se convierta en espectáculo, cada vez que negociamos el valor de una vida en función del pasaporte, cada vez que miramos una ciudad asediaday pensamos, en silencio:
“Mientras no sea aquí, está bien”.

