domingo, febrero 22, 2026

La juventud frente al poder: entre el abandono y la resistencia

Por Paloma Linarez

Hablar de la juventud hoy es hablar de una generación empujada al borde de la paciencia. No por falta de sueños, sino por exceso de promesas incumplidas de parte del gobierno. La juventud ha sido históricamente utilizada como discurso conveniente en campañas políticas, pero raramente asumida como una prioridad real en la agenda del poder.

Los jóvenes viven en un sistema que les exige preparación, excelencia y sacrificio, mientras les ofrece precariedad, desempleo, educación desigual y un futuro cada vez más incierto. Se les pide que “se esfuercen”, pero se les niegan oportunidades. Se les llama “el futuro de la nación”, pero se les excluye de las decisiones que definen ese futuro.

Nuestras autoridades han fallado en escuchar a la juventud. Han preferido estigmatizarla antes que comprenderla. Cuando los jóvenes protestan, se les acusa de rebeldes; cuando callan, de indiferentes. Se les exige madurez, pero se gobierna sin responsabilidad hacia ellos. Esta contradicción revela un problema profundo: el miedo del poder a una juventud consciente, crítica y organizada.

La juventud no es apática. Está cansada. Cansada de sistemas que no representan, de líderes que no conectan con su realidad, de discursos que no se traducen en acciones. Sin embargo, aun en medio del desencanto, los jóvenes siguen alzando la voz. Luchan por educación digna, por empleo justo, por derechos humanos, por equidad social y por un país donde vivir no sea un acto de supervivencia.

Es imposible hablar de democracia plena sin incluir a la juventud. Excluirla es debilitarla. Los jóvenes no solo votan; piensan, cuestionan, crean movimientos, transforman narrativas y empujan cambios. Cuando se les margina, no se apaga su voz: se radicaliza su inconformidad.

El verdadero problema no es una juventud que cuestiona, sino un sistema de gobierno que no tolera ser cuestionado. Porque una juventud informada es incómoda. Y esa incomodidad es necesaria. De ella nacen las transformaciones sociales, las reformas justas y los avances colectivos.

La juventud no pide privilegios. Exige derechos. No reclama el poder por ambición, sino por necesidad. Porque su presente está en juego. Y cuando una generación siente que no tiene nada que perder, se convierte en una fuerza imposible de ignorar.

Apostar por la juventud no es un gesto simbólico, es una obligación política y moral. Escucharla, incluirla y respetarla es la única forma de construir un país con futuro. Todo lo demás es retórica vacía.

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